Me han despedido.
Ayer, nada más subir de desayunar. Por eso estoy aquí, en el SMAC. Llegué muy temprano, tal y como me dijeron en la compañía, para que me atendieran hoy, que no me dejaran para otro día. Una cola muy larga. Yo era de las primeras. Siempre fui puntual, desde pequeña. Por las monjas, debió ser. Nos educaban bien, con más cariño que firmeza. La vida de ahí fuera no es como la de aquí, nos decían. Y tanto que no. Fui donde me señaló una señorita muy antipática, una ventanilla con un cartel que ponía 'con avenencia'. Ahí me tocó esperar cerca de media hora, pues los obligados a ser puntuales somos nosotros, los despedidos. Los funcionarios, no. Ellos llegan cuando quieren. Al fin, serían las nueve y diez, me vi frente a un señor que ni me miró, ni tampoco dijo buenos días. Le tendí mi carta de despido, y mi demanda. Las dos me las habían hecho en la compañía. Todo en regla, todo en orden. Yo también.
-¿Hay avenencia? ¿Está segura? –contesté que sí, que ya estábamos de acuerdo-. Querrá conciliar hoy, supongo. Bien, pues... a la una, despacho número trece. ¿Llama usted a su empresa, o prefiere que lo hagamos nosotros? Sí, claro. Mejor si lo hace usted. Muy bien, pues aquí tiene –me tendía, selladas, las copias de la carta y la demanda-. El siguiente, por favor.
Ya estaba. Rápido, indoloro y civilizado, como dice cada dos por tres el malnacido del Despiderman. No hará falta que les explique por qué le llamamos así, ¿verdad? Debería decir le llamábamos. Ya no estoy en la compañía, ya no formo parte de ella, no soy una empleada. Una empleada ejemplar, no les quepa duda. Tampoco les cabe a ellos, pero les da igual. Sobro.
Veinticinco años en la casa. En Navidad me dieron el reloj del cuarto de siglo. Qué diferencia con otros tiempos. A Rosa, la de nóminas, que los cumplió hace tres, le regalaron un Baume & Mercier, de oro. Una preciosidad. Mal, muy mal deben estar las cosas, porque a mí me tocó un Swatch de plástico legítimo. Un síntoma, uno más de los muchos que percibíamos, aunque ya saben eso de la rana, que si se mete una en una olla llena de agua fría, y ésta se pone a calentar, pero despacio, muy despacio, la pobre rana se cuece sin darse cuenta de que la están cociendo. A nosotros nos pasaba lo mismo. Nos cocían, pero no queríamos darnos por enterados. No queríamos saberlo. Sobre todo, los más antiguos. Como yo. A nosotros no nos pasará, llevamos aquí toda la vida, despedirnos les saldrá muy caro, no tendrán tan mala entraña... jolín, que si tenían. Que tienen.
Hay un VIPS aquí abajo. Debe ser como el de al lado de la oficina, donde suelo desayunar. Donde solía, que ya no lo haré más. No en ese. Podría bajar al de aquí, pues tengo por delante tres horas y pico, pero no me apetece. No estoy mala, no me pasa nada y además hace buen día, muy soleado, esos tan agradables de abril en Madrid. Sólo pasa que no quiero, que no tengo ganas. Prefiero seguir aquí, en un rinconcito donde casi ni se me ve. Pequeñita como soy, tapada por un tiarrón que será tres veces como yo, resulto invisible. Es lo que prefiero, que no me vea nadie. Ridículo, ya lo sé, pero me moriría de vergüenza si alguien me viese aquí. Me da igual pensar que sería otro despedido, un desgraciado como yo. No quiero y no quiero. Aunque yo sí les puedo ver. A los otros despedidos. A los otros desgraciados. No es un espectáculo bonito, no me gusta verlo, pero aún así prefiero seguir aquí, mirando, a irme por ahí, a pasear.
No es una reacción que me pille de sorpresa. De sobra sé cómo soy. Por eso traigo mi desayuno. En seco, que aquí no te guardan el sitio si te levantas por un café. Tengo una bolsa de Huesos de San Expedito. Indigestos, y hacen que me salgan granos, y engordan, pero esta mañana no pienso llevarme la contraria. Solterona, bajita, fea, cuarenta y ocho cumplidos, ¿qué más da que pese un kilo más o menos? Mejor, ¿a quién le puede importar que lo pese? Hace diez años aún era capaz de mentirme, pero ahora bien claro lo tengo: a ti, Pili, nadie, nunca, te ha mirado el culo. Ni te ha mirado nada. Nunca he tenido nada que se pueda mirar. Que se pueda desear. Jamás he tenido que defenderme de un tío. Que defender mi virtud. Con ella me voy a morir, intacta. Qué mala suerte, jolines, tenemos las pobres mujeres con las que nadie ha querido fornicar.
© Anna Wohlgeschaffen
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